viernes, 29 de mayo de 2020


Fantasmas


Con una propensión hacia el temor Juancho revisó los titulares y dejó el periódico sobre la mesa, estrujado, inservible. Pagó la cuenta del café, agregó veinte céntimos como propina y se perdió entre la gente que recorre el Paseo del Angel, en pleno centro de la ciudad. 
No resulta aburrido vagar por las estrechas calles de Barcelona, pero lo de Juancho es que no lograba zafarse de ese territorio que habita su pasado, con gritos de gente a la que azotó sin compasión, porque así se lo exigieron desde arriba. Los mismos de arriba que ahora, al ver su rostro destacado entre los torturadores que denunciaba una ONG de derechos humanos, optaron por prescindir de sus servicios, lo que no excluía la posibilidad de una muerte accidental. 
Juancho lo presintió y la misma que abandonó la oficina del jefe de acciones especiales compró un boleto a Portugal. Dos días después aterrizaba en Lisboa desde donde viajó por tren a España, evitando apearse en Madrid. Su idea era tocar a la puerta de su hermano menor.
—Epa!… ¿qué haces aquí, Juan?, balbuceó Daniel, sorprendido, tras abrir y toparse con la sonrisa de quien tres años antes le aconsejó salir del país ante el riesgo de que le apresasen y que él no pudiera hacer nada.
—¡Venga ese abrazo, nojoda… carajito! Juancho lo rodeó con sus manotas y le estampó un beso. Desde una de las habitaciones emergió una voz femenina “Danny, ¿quién es?”, y tras la pausa los dos hermanos, aún encarnecidos en el abrazo, sonrieron e intercambiaron una mirada cómplice como si hubiesen vuelto a las travesuras de la infancia.
Minutos después conversaban. Juancho hizo exagerados movimientos con las manos para explicar que el motivo de su viaje no tenía importancia, y dada la insistencia de Daniel le reiteró que nada pasaba sino que se había cansado de todo aquello. 
“Ese país, hermanito, está por reventar”. Daniel asintió simulando estar convencido e hizo un esfuerzo para no decir más. Nada tenía más importancia ahora que Juancho, aunque sospechaba que algo no andaba bien. Daniel sintió como si su hermano atravesara una especie de tedio moral y dejó pasar los días para que una noche de farra, a punta de cervezas, supiera toda la verdad. 
Ya habían pasado los primeros días, cuando Mary se quejó ante su novio: estaba harta de esquivar las miradas de Juancho cada vez que ella salía en bata y asomaba sus muslos. Daniel entendió la incomodidad de su pareja y le halló rápidamente a Juan un apartamento en alquiler y su hermano se instaló a gusto en un piso de una calle tranquila.
Pero era evidente de que Juancho huía de algo o de alguien. Fue en esa noche del viernes en la que los dos bebieron sin parar cuando Juancho le confesó que huyó del país porque temía que lo jodieran, luego que una madrugada una llamada anónima le despertara para avisarle o sentenciarle “eres hombre muerto, Juan”. Su sospecha se hacía real.
En menos de un año, de activista de un grupo armado Juancho pasó a ser el funcionario a quien no le temblaba el pulso para apalear a los jóvenes que la policía detenía en las manifestaciones y sucumbían desorientados y llorosos en los calabozos del Helicoide.
 “A mí me decían dale con ese bate hasta que suelte un nombre o un número de teléfono y después lo dejas tranquilo, y yo le pegaba incluso a sabiendas de que el chamo no sabía siquiera por qué estaba ahí”, dijo Juancho llorando ante la indisimulada repugnancia de Daniel por el giro que había tomado esa confesión. Todo era confuso. Él mismo había salido del país porque Juancho le previno que su nombre figuraba en una lista de agitadores contra el gobierno, y si algo pasaba, nada podía hacer para ayudarle.
Era evidente que Juancho se había convertido en víctima de su propia confusión. Peor aún, tenía la certeza de que en ese instante preciso lo buscaban porque sabía demasiado de las órdenes de Maduro y estaba en condición de contar los horrores que se cometen en los calabozos del Sebin con el fin de obtener falsas confesiones a los presos mediante torturas, de las cuales él participó hasta el día en qué despertó en la otra acera.
Daniel se sentía un penoso espectador o, peor, en testigo de delitos que él denunciaba por las redes sociales. Ya instalado en su modesto apartamento en Barcelona, Juancho escuchó una madrugada ruidos inusuales en la escalera del edificio. Los pasos se detuvieron en el pasillo y nunca supo si era real o lo había soñado o estaba siendo desbordado por la paranoia. 
Pero recuerda que en el Sebin se enteró que no pocos funcionarios de consulados en ciudades europeas, particularmente, han sido entrenados por el G2 cubano para seguir las pistas de opositores que viven en el exterior.
De manera que no era desatinado asociar la llamada anónima con el aviso de que la tarea de eliminarle seguía en pie. Juancho soñó tanto con esa muerte advertida que a veces dudaba sobre lo que en verdad sucedía y cuál sería el final de su desventura. 
Conforme estos razonamientos se adueñaron de sus noches su hermano se esmeraba en protegerlo, hasta que no pudo más y le aconsejó presentarse en público y como prueba de arrepentimiento, para lo cual requería de cierta dosis de valentía, confesar sus faltas y denunciar que ahora ese aparato demoledor del gobierno al cual perteneció lo persigue para matarlo. La idea era visibilizarse, en lugar de ocultarse, y denunciar la amenaza que se cernía sobre él.
Por eso me llamó Daniel. Quería el apoyo de alguien de confianza, y yo, tras sopesar en qué podía beneficiarle, me limité a citarme con él en una plaza concurrida por familias y niños, como la que está enfrente de la Sagrada Familia. De pronto me sentí como en esas películas de acción en las que se supone que alguien va a morir. Sin conocerme, Juancho me hizo un gesto vago con la cabeza y yo, sentado en uno de los bancos del parque, asentí y observé fijamente un delgado rayo de sol de la tarde que caía en su rostro. Se aproximó y estrechó mi mano convirtiendo el gesto del saludo en un ademán de despedida. A los dos días Daniel llamó llorando para informarme que Juancho había puesto fin a su vida. Entonces comprendí que ninguna estratagema había podido más que su destino.

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Arma mortal

(Tiempos de pandemia)


23 de mayo



Cuando entró y constató que las chicas de la caja y algo menos de una veintena de clientes del supermercado llevaban mascarillas, Janos se avergonzó y condenó, en acto de arrepentimiento que le sonrojó, su negligencia más que su olvido. Sobre todo porque la semana anterior había tenido un malestar parecido a la influenza y él mismo ignoraba si portaba el virus.
Una señora de unos setenta años, de piel reseca y abrigada en contra del calor del mediodía, le observó con gesto de reprimenda, pero Janos hizo como si ello no le concernía, y tomó la cesta para internarse en los pasillos hasta llegar a las frutas. A pesar de su intento por ocultar la falta cometida pareció sentirse en un escenario de sombras que le perseguían porque, aunque intentasen disimular, la gente no dejaba de otearle.
 “No importa”, dijo para darse ánimos, “me llevo esto y me largo”, e introdujo en el cesto las tres manzanas, un aguacate, cuatro melocotones y un racimo de uva; y aprovechó la proximidad para hacerse de una barra de pan. Fue justo en ese inaplazable instante cuando sintió que estaba a punto de estornudar. Se contuvo, apretó los dientes como cuando de niño le sorprendía ese suceso en la iglesia y cerraba la boca llevándose además los dedos a la nariz. 
Así que presionó con fuerza las fosas nasales, último intento desesperado por evitar que se escapara, pero el estornudo superó todas las barreras atravesadas e irrumpió con la potencia estruendosa de un huracán. Escándalo y confusión. Por segundos, no quiso levantar la cabeza porque aún sin confirmarlo tenía la certeza de que todas las miradas convergían hacia él.
No le quedó más que excusarse de la manera más humillante, pero ese acto de reparar su indolencia no le fue perdonado. Muchos clientes dejaron sus compras acumuladas en el cesto y se marcharon; otros, apuraron a las dos cajeras para que los atendieran rápidamente. 
A la espera de que se despejara la zona de la caja dio varios recorridos entre los estantes. Pero ya el mal estaba hecho. Su estornudo había liberado alrededor de 30.000 gotas, mucho más pequeñas, que viajan distancias mucho más grandes, y que fácilmente podían cubrir el espacio reducido de esta habitación. Sus gotitas alcanzaron velocidades de hasta 320 km/h.
Días antes había leído que si una persona padece la covid-19 las gotas que despide en una tos o estornudo pueden contener hasta 200 millones de partículas de virus. En el caso de Janos –y ni él mismo está seguro si se trata de un portador asintomático– su estornudo cubrió parte de la superficie del supermercado. No es exagerado pero veinte días después cuatro de sus vecinos cayeron infectados por coronavirus, dos fallecieron. Nunca sabremos si estuvieron ese mediodía en que Janos, optó por desefundar su irresponsabilidad y disparar contra varios desconocidos que gozaban de buena salud.
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Me senté en el borde de la ventana y prometí por no sé por cuánta vez que sería el último cigarro que sostendría entre mis dedos. Así que lo he saboreado lentamente, con demorada actitud reflexiva, dejando que el sosiego de la madrugada me ayudase a recuperar la imagen de Stella. 
Pensé en sus labios húmedos, recorrí la ondulación de los cabellos negros y me embriagó el olor de su cuerpo. Son recuerdos recuperados de un mapa que se mojó en el bolsillo de alguien que revisa ahora sus desventuras.
Pero, a decir verdad, no debería hablar de Stella sino de la vecina del último piso, con quien bastaba un roce de su mirada en el ascensor para evocar a la chica de mis 16 años. Stella ostentaba con altivez un nombre que en ese entonces surtía un efecto especial. No sé si en verdad estuvimos enamorados. Lo confieso con ligera sospecha porque ese año ella pasaba por una crisis derivada del divorcio de sus padres, y durante sus días de llantos depresivos yo fui su eco, la ayudé con paciencia atravesar la zona del dolor, y exploramos la primera incursión sexual.
Aunque era obvio que mi corazón se aceleraba en su presencia, consideremos que a esa edad el tiempo es muy volátil, de manera que no extrañaría que aquel escenario del deseo se diluyera en el hastío. Tras culminar el bachillerato tomamos rutas diferentes y es probable que ambos hayamos aparcado nuestras vivencias en el olvido. Pero ahora se aparece Paula, vivo retrato de la Stella, resguardada en su juventud; y aunque la vecina, me acabo de enterar, tenía apenas 22 años, hizo posible la misión de transportarme en el tiempo.
¿Qué quiere que les diga? El último secreto que guarda mi memoria es aquella Stella con ganas de vivir. Pero esta tarde, al vover del trabajo y entrar al edificio presentí por el ajetreo de vecinos que suelen divulgar las trágicas noticias en voz baja, que algo ha ocurrido.
De inmediato, un sentimiento que se parecía sin serlo al miedo me paralizó, hasta que el vecino de planta baja sale de su apartamento, no me saluda, pero a cambio me observa detenidamente, y acierta al leer mi desconcierto. ¿Qué… no te has esterado?, pregunta demorando con algo de morbo la angustia que comporta la noticia. Antes que yo diga algo, me sacude del letargo, “Hombre, que esa niña, la Paula se ha suicidado”, e ilustra el acto elevando la mono y estrellándola en un vacío imaginario. Lo miré, pero no pensé en Paula, sino en Stella. Es por ella a quien acudo en esta lacerante deflagración del recuerdo. Aquí, sentado frente a la ventana, mientras aplasto contra el cristal la punta del último cigarro que me he prometido fumar.