viernes, 29 de mayo de 2020


La imagen puede contener: cielo Humo


Me senté en el borde de la ventana y prometí por no sé por cuánta vez que sería el último cigarro que sostendría entre mis dedos. Así que lo he saboreado lentamente, con demorada actitud reflexiva, dejando que el sosiego de la madrugada me ayudase a recuperar la imagen de Stella. 
Pensé en sus labios húmedos, recorrí la ondulación de los cabellos negros y me embriagó el olor de su cuerpo. Son recuerdos recuperados de un mapa que se mojó en el bolsillo de alguien que revisa ahora sus desventuras.
Pero, a decir verdad, no debería hablar de Stella sino de la vecina del último piso, con quien bastaba un roce de su mirada en el ascensor para evocar a la chica de mis 16 años. Stella ostentaba con altivez un nombre que en ese entonces surtía un efecto especial. No sé si en verdad estuvimos enamorados. Lo confieso con ligera sospecha porque ese año ella pasaba por una crisis derivada del divorcio de sus padres, y durante sus días de llantos depresivos yo fui su eco, la ayudé con paciencia atravesar la zona del dolor, y exploramos la primera incursión sexual.
Aunque era obvio que mi corazón se aceleraba en su presencia, consideremos que a esa edad el tiempo es muy volátil, de manera que no extrañaría que aquel escenario del deseo se diluyera en el hastío. Tras culminar el bachillerato tomamos rutas diferentes y es probable que ambos hayamos aparcado nuestras vivencias en el olvido. Pero ahora se aparece Paula, vivo retrato de la Stella, resguardada en su juventud; y aunque la vecina, me acabo de enterar, tenía apenas 22 años, hizo posible la misión de transportarme en el tiempo.
¿Qué quiere que les diga? El último secreto que guarda mi memoria es aquella Stella con ganas de vivir. Pero esta tarde, al vover del trabajo y entrar al edificio presentí por el ajetreo de vecinos que suelen divulgar las trágicas noticias en voz baja, que algo ha ocurrido.
De inmediato, un sentimiento que se parecía sin serlo al miedo me paralizó, hasta que el vecino de planta baja sale de su apartamento, no me saluda, pero a cambio me observa detenidamente, y acierta al leer mi desconcierto. ¿Qué… no te has esterado?, pregunta demorando con algo de morbo la angustia que comporta la noticia. Antes que yo diga algo, me sacude del letargo, “Hombre, que esa niña, la Paula se ha suicidado”, e ilustra el acto elevando la mono y estrellándola en un vacío imaginario. Lo miré, pero no pensé en Paula, sino en Stella. Es por ella a quien acudo en esta lacerante deflagración del recuerdo. Aquí, sentado frente a la ventana, mientras aplasto contra el cristal la punta del último cigarro que me he prometido fumar.

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