miércoles, 17 de febrero de 2021

En Busca del Tiempo perdido

EN BUSCA DEL TIEMPO PERDIDO  Son relatos y crónicas literarias escritas por Omar Pineda, periodista, escritor, redactor de contenidos Web y gran lector

domingo, 27 de septiembre de 2020

Ciudad Clandestina

Ciudad Clandestina Omar Pineda, periodista, escritor  En busca del tiempo perdido


Sueño de ida y vuelta
No sé qué carajo hacía yo en ese trullo de La Candelaria ni tampoco supe cómo llegué ahí, pero no estaba para filosofar a esa hora de la tarde, cuando está a punto de convertirse en noche, y porque además Wisin repetía sin parar “escápate conmigo esta noche, bebé… te quiero comer, te va a encantar… Tú sabes que conmigo siempre la pasas bien”.
Fue entonces cuando el tipo desde un extremo de la barra, con manos resbaladizas para la tercera cerveza, calculo yo, voltea hacia mí para soltar en un tono de quien busca la fácil conversación “¿tú crees que esa vaina es música?”, y como no obtiene respuesta prosigue citando a Oscar de León quien, según este vecino de copas, un día le aseguró que no le daba más de diez años para que el reguetón se fuera por donde vino. En los bares suelen aparecer personajes que te cuentan historias tristes para que llores con él sus pequeñas tragedias o desamores. Yo le sonreí en neutro, de modo que él debió descifrarlo como que estaba de acuerdo con su perorata, pero también de que me hallaba encarrilado en otra jugada.
Así que aparcó el tema y le dijo a Luis que le sirviera otra pero más fría. Con cierto sarcasmo, el hombre detrás de la barra contestó que eso no sería posible, dado que el apagón de ayer tarde le dañó la nevera más grande donde guardan el licor. Estaba a punto de decirlo pero decidí pensarlo: Caracas se ha convertido en un sitio ilusorio, un lugar para no llegar nunca a ninguna parte.
En eso estaba cuando sale del baño Aldemaro Vélez, el mismo que estudió conmigo en el Luis Razetti y volvimos a encontrarnos, años más tarde y cada quien con sus respectivas canas, en el mismo edificio de Juan Pablo II, donde yo residía, porque se había comprado un apartamento en el piso dos. Vélez terminaba de subirse el cierre del pantalón y me dice “vámonos”. Me pregunta “¿pagaste esas birras?”, y cuando saca la cartera para cancelar, yo me le adelanto y le pago a Luis. ¿Para dónde vamos, mi pana?, lo interrogo, algo inquieto, y Vélez se ríe y con esa voz atiplada, débil y acompasada que le hacía objeto de burlas en el liceo, me dice no sin asombro “¿no te acuerdas? vamos pa que las jevas de anoche, las de Las Minas de Baruta”. Puedo dar fe de que no sabía de que me hablaba. No sé qué me pasaba, pero sentí vivir tantas vidas en una vida, y me dejé llevar; pero mientras pienso y me pregunto ¿qués es todo esto?, Vélez sigue hablando y me siento sumergido en una ondulación de cosas, extrañas, como si me faltara algo. Pero mi amigo le pone pilas a mi memoria y mientras abrimos las puertas del carro para subirnos, me dice “Wendy, Wendy... la flaca que te dijo que no te fueras sin despedirte de ella... ¿ahora sí te acuerdas?”. Entonces caigo en cuenta que estoy en la Caracas de esas incursiones seriales a lo Jack Ryan en las que entro y salgo.
Me esfuerzo por obsequiarle a Aldemaro una gran sonrisa llena de afecto y conformidad. Hasta que en mitad del camino, le doy unas palmaditas en la pierna y le digo, sumido en el monótono curso de mis reflexiones, “mi panita ... usted me perdona pero yo me bajo aquí”, y lo dejo perplejo, volviéndose hacia mí con una mirada intensa, oscura, vaga, asumiendo desde ya que este acontecimiento irá directo a su colección de asombros. Me esfumo como si hubiera atravesado un espejo, y no me hallaba perdido cuando Elizabeth me zarandea para que deje de hablar dormido.
Abro los ojos y observo cómo la lluvia golpetea con brisa fuerte el cristal y forma gotitas que se agolpan como para una concentración de gente que se reúne para manifestar. Me levanto de la cama, me dispongo a mirar a través de la ventana, y descubro de pronto que yo también he perdido mis tratos con la ciudad en la que nací y que todo ese torbellino de locuras no ha dejado de inquietarme. Vuelvo a la cama, enciendo la radio del móvil y escucho con los ojos cerrados que el locutor de Radio Barcelona informa acerca del número de contagios en Catalunya y nos da la noticia de que ha llegado el otoño. Elizabeth se remueve entre las sábanas y pregunta a cuál de los dos les toca hoy montar el café.
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viernes, 29 de mayo de 2020


Fantasmas


Con una propensión hacia el temor Juancho revisó los titulares y dejó el periódico sobre la mesa, estrujado, inservible. Pagó la cuenta del café, agregó veinte céntimos como propina y se perdió entre la gente que recorre el Paseo del Angel, en pleno centro de la ciudad. 
No resulta aburrido vagar por las estrechas calles de Barcelona, pero lo de Juancho es que no lograba zafarse de ese territorio que habita su pasado, con gritos de gente a la que azotó sin compasión, porque así se lo exigieron desde arriba. Los mismos de arriba que ahora, al ver su rostro destacado entre los torturadores que denunciaba una ONG de derechos humanos, optaron por prescindir de sus servicios, lo que no excluía la posibilidad de una muerte accidental. 
Juancho lo presintió y la misma que abandonó la oficina del jefe de acciones especiales compró un boleto a Portugal. Dos días después aterrizaba en Lisboa desde donde viajó por tren a España, evitando apearse en Madrid. Su idea era tocar a la puerta de su hermano menor.
—Epa!… ¿qué haces aquí, Juan?, balbuceó Daniel, sorprendido, tras abrir y toparse con la sonrisa de quien tres años antes le aconsejó salir del país ante el riesgo de que le apresasen y que él no pudiera hacer nada.
—¡Venga ese abrazo, nojoda… carajito! Juancho lo rodeó con sus manotas y le estampó un beso. Desde una de las habitaciones emergió una voz femenina “Danny, ¿quién es?”, y tras la pausa los dos hermanos, aún encarnecidos en el abrazo, sonrieron e intercambiaron una mirada cómplice como si hubiesen vuelto a las travesuras de la infancia.
Minutos después conversaban. Juancho hizo exagerados movimientos con las manos para explicar que el motivo de su viaje no tenía importancia, y dada la insistencia de Daniel le reiteró que nada pasaba sino que se había cansado de todo aquello. 
“Ese país, hermanito, está por reventar”. Daniel asintió simulando estar convencido e hizo un esfuerzo para no decir más. Nada tenía más importancia ahora que Juancho, aunque sospechaba que algo no andaba bien. Daniel sintió como si su hermano atravesara una especie de tedio moral y dejó pasar los días para que una noche de farra, a punta de cervezas, supiera toda la verdad. 
Ya habían pasado los primeros días, cuando Mary se quejó ante su novio: estaba harta de esquivar las miradas de Juancho cada vez que ella salía en bata y asomaba sus muslos. Daniel entendió la incomodidad de su pareja y le halló rápidamente a Juan un apartamento en alquiler y su hermano se instaló a gusto en un piso de una calle tranquila.
Pero era evidente de que Juancho huía de algo o de alguien. Fue en esa noche del viernes en la que los dos bebieron sin parar cuando Juancho le confesó que huyó del país porque temía que lo jodieran, luego que una madrugada una llamada anónima le despertara para avisarle o sentenciarle “eres hombre muerto, Juan”. Su sospecha se hacía real.
En menos de un año, de activista de un grupo armado Juancho pasó a ser el funcionario a quien no le temblaba el pulso para apalear a los jóvenes que la policía detenía en las manifestaciones y sucumbían desorientados y llorosos en los calabozos del Helicoide.
 “A mí me decían dale con ese bate hasta que suelte un nombre o un número de teléfono y después lo dejas tranquilo, y yo le pegaba incluso a sabiendas de que el chamo no sabía siquiera por qué estaba ahí”, dijo Juancho llorando ante la indisimulada repugnancia de Daniel por el giro que había tomado esa confesión. Todo era confuso. Él mismo había salido del país porque Juancho le previno que su nombre figuraba en una lista de agitadores contra el gobierno, y si algo pasaba, nada podía hacer para ayudarle.
Era evidente que Juancho se había convertido en víctima de su propia confusión. Peor aún, tenía la certeza de que en ese instante preciso lo buscaban porque sabía demasiado de las órdenes de Maduro y estaba en condición de contar los horrores que se cometen en los calabozos del Sebin con el fin de obtener falsas confesiones a los presos mediante torturas, de las cuales él participó hasta el día en qué despertó en la otra acera.
Daniel se sentía un penoso espectador o, peor, en testigo de delitos que él denunciaba por las redes sociales. Ya instalado en su modesto apartamento en Barcelona, Juancho escuchó una madrugada ruidos inusuales en la escalera del edificio. Los pasos se detuvieron en el pasillo y nunca supo si era real o lo había soñado o estaba siendo desbordado por la paranoia. 
Pero recuerda que en el Sebin se enteró que no pocos funcionarios de consulados en ciudades europeas, particularmente, han sido entrenados por el G2 cubano para seguir las pistas de opositores que viven en el exterior.
De manera que no era desatinado asociar la llamada anónima con el aviso de que la tarea de eliminarle seguía en pie. Juancho soñó tanto con esa muerte advertida que a veces dudaba sobre lo que en verdad sucedía y cuál sería el final de su desventura. 
Conforme estos razonamientos se adueñaron de sus noches su hermano se esmeraba en protegerlo, hasta que no pudo más y le aconsejó presentarse en público y como prueba de arrepentimiento, para lo cual requería de cierta dosis de valentía, confesar sus faltas y denunciar que ahora ese aparato demoledor del gobierno al cual perteneció lo persigue para matarlo. La idea era visibilizarse, en lugar de ocultarse, y denunciar la amenaza que se cernía sobre él.
Por eso me llamó Daniel. Quería el apoyo de alguien de confianza, y yo, tras sopesar en qué podía beneficiarle, me limité a citarme con él en una plaza concurrida por familias y niños, como la que está enfrente de la Sagrada Familia. De pronto me sentí como en esas películas de acción en las que se supone que alguien va a morir. Sin conocerme, Juancho me hizo un gesto vago con la cabeza y yo, sentado en uno de los bancos del parque, asentí y observé fijamente un delgado rayo de sol de la tarde que caía en su rostro. Se aproximó y estrechó mi mano convirtiendo el gesto del saludo en un ademán de despedida. A los dos días Daniel llamó llorando para informarme que Juancho había puesto fin a su vida. Entonces comprendí que ninguna estratagema había podido más que su destino.

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Arma mortal

(Tiempos de pandemia)


23 de mayo



Cuando entró y constató que las chicas de la caja y algo menos de una veintena de clientes del supermercado llevaban mascarillas, Janos se avergonzó y condenó, en acto de arrepentimiento que le sonrojó, su negligencia más que su olvido. Sobre todo porque la semana anterior había tenido un malestar parecido a la influenza y él mismo ignoraba si portaba el virus.
Una señora de unos setenta años, de piel reseca y abrigada en contra del calor del mediodía, le observó con gesto de reprimenda, pero Janos hizo como si ello no le concernía, y tomó la cesta para internarse en los pasillos hasta llegar a las frutas. A pesar de su intento por ocultar la falta cometida pareció sentirse en un escenario de sombras que le perseguían porque, aunque intentasen disimular, la gente no dejaba de otearle.
 “No importa”, dijo para darse ánimos, “me llevo esto y me largo”, e introdujo en el cesto las tres manzanas, un aguacate, cuatro melocotones y un racimo de uva; y aprovechó la proximidad para hacerse de una barra de pan. Fue justo en ese inaplazable instante cuando sintió que estaba a punto de estornudar. Se contuvo, apretó los dientes como cuando de niño le sorprendía ese suceso en la iglesia y cerraba la boca llevándose además los dedos a la nariz. 
Así que presionó con fuerza las fosas nasales, último intento desesperado por evitar que se escapara, pero el estornudo superó todas las barreras atravesadas e irrumpió con la potencia estruendosa de un huracán. Escándalo y confusión. Por segundos, no quiso levantar la cabeza porque aún sin confirmarlo tenía la certeza de que todas las miradas convergían hacia él.
No le quedó más que excusarse de la manera más humillante, pero ese acto de reparar su indolencia no le fue perdonado. Muchos clientes dejaron sus compras acumuladas en el cesto y se marcharon; otros, apuraron a las dos cajeras para que los atendieran rápidamente. 
A la espera de que se despejara la zona de la caja dio varios recorridos entre los estantes. Pero ya el mal estaba hecho. Su estornudo había liberado alrededor de 30.000 gotas, mucho más pequeñas, que viajan distancias mucho más grandes, y que fácilmente podían cubrir el espacio reducido de esta habitación. Sus gotitas alcanzaron velocidades de hasta 320 km/h.
Días antes había leído que si una persona padece la covid-19 las gotas que despide en una tos o estornudo pueden contener hasta 200 millones de partículas de virus. En el caso de Janos –y ni él mismo está seguro si se trata de un portador asintomático– su estornudo cubrió parte de la superficie del supermercado. No es exagerado pero veinte días después cuatro de sus vecinos cayeron infectados por coronavirus, dos fallecieron. Nunca sabremos si estuvieron ese mediodía en que Janos, optó por desefundar su irresponsabilidad y disparar contra varios desconocidos que gozaban de buena salud.
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Me senté en el borde de la ventana y prometí por no sé por cuánta vez que sería el último cigarro que sostendría entre mis dedos. Así que lo he saboreado lentamente, con demorada actitud reflexiva, dejando que el sosiego de la madrugada me ayudase a recuperar la imagen de Stella. 
Pensé en sus labios húmedos, recorrí la ondulación de los cabellos negros y me embriagó el olor de su cuerpo. Son recuerdos recuperados de un mapa que se mojó en el bolsillo de alguien que revisa ahora sus desventuras.
Pero, a decir verdad, no debería hablar de Stella sino de la vecina del último piso, con quien bastaba un roce de su mirada en el ascensor para evocar a la chica de mis 16 años. Stella ostentaba con altivez un nombre que en ese entonces surtía un efecto especial. No sé si en verdad estuvimos enamorados. Lo confieso con ligera sospecha porque ese año ella pasaba por una crisis derivada del divorcio de sus padres, y durante sus días de llantos depresivos yo fui su eco, la ayudé con paciencia atravesar la zona del dolor, y exploramos la primera incursión sexual.
Aunque era obvio que mi corazón se aceleraba en su presencia, consideremos que a esa edad el tiempo es muy volátil, de manera que no extrañaría que aquel escenario del deseo se diluyera en el hastío. Tras culminar el bachillerato tomamos rutas diferentes y es probable que ambos hayamos aparcado nuestras vivencias en el olvido. Pero ahora se aparece Paula, vivo retrato de la Stella, resguardada en su juventud; y aunque la vecina, me acabo de enterar, tenía apenas 22 años, hizo posible la misión de transportarme en el tiempo.
¿Qué quiere que les diga? El último secreto que guarda mi memoria es aquella Stella con ganas de vivir. Pero esta tarde, al vover del trabajo y entrar al edificio presentí por el ajetreo de vecinos que suelen divulgar las trágicas noticias en voz baja, que algo ha ocurrido.
De inmediato, un sentimiento que se parecía sin serlo al miedo me paralizó, hasta que el vecino de planta baja sale de su apartamento, no me saluda, pero a cambio me observa detenidamente, y acierta al leer mi desconcierto. ¿Qué… no te has esterado?, pregunta demorando con algo de morbo la angustia que comporta la noticia. Antes que yo diga algo, me sacude del letargo, “Hombre, que esa niña, la Paula se ha suicidado”, e ilustra el acto elevando la mono y estrellándola en un vacío imaginario. Lo miré, pero no pensé en Paula, sino en Stella. Es por ella a quien acudo en esta lacerante deflagración del recuerdo. Aquí, sentado frente a la ventana, mientras aplasto contra el cristal la punta del último cigarro que me he prometido fumar.

jueves, 8 de agosto de 2019

La Ouija




“¿Sabes o no sabes leer esa vaina?”. Lo preguntó con su voz gruesa, altanera, el tono desafiante y artillada de las groserías con la que se expresaba, porque esa era su trinchera de defensa frente a las penurias de la vida que le había tocado. Sí, hablo de Carmen Molotov, y no creo que se me vaya amotinar ahora porque le llame así.

 Primero, hace tres o cuatro años que falleció sin que nadie, o casi nadie, se apiadara de su alma; luego, ella mostró siempre hacia mí gran cariño, un trato particular, que yo se lo retribuía con igual afecto oyéndole con paciencia de monje tibetano el inventario de sus calamidades, y ayudándole en la medida en que podía en aconsejar a sus dos nietos, de cuyas acciones delictivas me he ocupado en otros relatos aquí. 

Pero Carmen era especial. ¡Claro que Carmen Hernández era un ser especial! Comadre mía por todos los costados ya que tuve el designio de ser padrino de Fred, el hijo gemelo y hermano de Efrén, que a la postre terminó siendo mi compadre. Fred, mi ahijado, lastimosamente desvalido, y a quien le decíamos Tito, estuvo marcado por limitaciones físicas y mentales que muchos aprovechaban para enseñarle obscenidades o inducirle a decir cuando le preguntasen por el nombre de la madre –apelando a la dificultad con la que se expresaba– ¿cómo se llama tu mamá, Tito? y él balbuceaba “car… men … ololotoó”, justo el apodo que encolerizaba a Carmen si se lo gritaban desde un pasillo del bloque tres. 

Pero es que fui también padrino de Yohan, quien debió enconcharse de urgencia en Vietnam, el barrio contiguo al 23 de Enero, la misma tarde en que la banda de los Mandriles de Barrio Unión le advirtió que para mañana sería hombre muerto. Por extensión me hice también padrino de su hermano Yorvis o “Bombillo”, con una trayectoria de malas juntas que le llevaron a la muerte. No logré ser padrino de Endrina, la niña que Carmen tuvo con Pedro Pérez porque semanas antes mataron al negrito en la segunda curva del Atlántico, donde el taxista se veía a escondidas con otra mujer. Precisamente por ese hecho desafortunado –el de la infidelidad de Pedro Pérez, no el de su muerte– fue que Carmen me preguntó si yo sabía leer la Ouija, ya que quería develar el misterio de las escapadas del marido. 

“¿Sabes jugar esa vaina o no?”, volvió a preguntar con el ímpetu retador y yo hice esfuerzos para no reír y de informarle que eso era un juego de chamos que no servía para adivinar el futuro de nadie, y que la noche que ella nos vio jugándolo fue que estábamos tan aburridos que cuando Javier se apareció y dijo “mira lo que traigo” y mostró el cartón de la Ouija no dudamos en trasladarnos a la escalera oscura, detrás del bloque y embarcarnos en esa joda. 

Allí fue donde nos pilló, ya que las risas y los gritos llegaron a su ventana y protestó “vayan a meterse monte a otra parte”, a lo que David, todo un caballero le aclaró “somos nosotros, Carmen” y le explicó que estábamos invocando espíritus de muertos con la Ouija. De manera que cuando le respondí de manera afirmativa sentí como si la hubiera salvado milagrosamente de la desesperación. A partir de allí no hubo vuelta atrás.

Para quien ha sufrido o disfrutado -según se vea- parte de su existencia en un barrio sabe de qué le hablo cuando afirmo que Carmen Molotov debió ser declarada el personaje más popular del barrio, tanto en los bloques como las casitas. Porque, a contravía de una decena de nombres cuyos méritos consistían en hacer daño y afear la imagen de tu territorio sentimental, surgía de ese mismo entorno de pobreza el esfuerzo de superación de gente que se imponía, de manera que el lugar donde creciste y te fuiste pero que cada diciembre volvía para saludar a los amigos, tenía gente como Carmen Hernández.


 Fue la vecina más popular, tanto por lo que ella misma significaba y por el hecho de cargar la cruz de una descendencia que solo le trajo tristeza. Pasada de los 50 años, morena, baja estatura, obesa (de ahí el ingenio del que inventó el apodo asociando su contextura con el de una bomba) y muy humilde que se ganaba el pan trabajando en su apartamento, noche y día, detrás de una máquina de coser para confeccionarle ropa a tiendas famosas.

 Pero, antes que nada, de una condición humana cuya solidaridad nos conmovía. Nada más por joder, cuando ella venía hacia nosotros, alguien improvisaba un diálogo y decía por ejemplo “qué desgracia como lo mataron”, de inmediato Carmen preguntaba a quién habían matado, nosotros hacíamos como si no la habíamos oído y seguíamos hablando del supuesto muerto, hasta que ella, con autoridad y molestia protestaba ¡Coño! ¿qué a quién carajo mataron? Entonces nos veíamos obligados a inventar un nombre e informarle que nos preparábamos para ir a la funeraria de El Paraíso.

 A los cinco minutos salía Carmen de su apartamento limpiándose las burusas del vestido negro y preguntando quién la iba a llevar. Por esa manera suya de dar por cierto todo rumor fue que montamos el show de la Ouija en su apartamento, con Endrina de año y medio en la cuna y Tito dormido tras una dosis alta de tranquilizante para la epilepsia. Para completar, esa noche su perra Lassie se quejaba porque estaba a punto de parir. 

Pero era la noche ideal, según Virgilio porque, advirtió “estamos en luna llena” y eso le añadiría más misterio a la puesta en escena. Porque en el fondo jugamos a la Ouija no para burlarnos de Carmen sino para calmar sus celos. De hecho poco le interesaba saber la suerte de Tito sino descifrar las desapariciones repentinas de Pedro Pérez.

Entonces, sentados en el suelo, en torno a una mesita, apagamos las luces y con una vela encendida en el centro del tablero empezó la sesión. Ya lo dije, jugábamos para canalizar la furia de Carmen, pero hubo momentos en que sentimos escalofrío, dada la naturaleza de algo en lo que incursionábamos, rodeados de una solemnidad que aún cuando nos la habíamos inventado metía miedo.


 Yo inicié la sesión y según las instrucciones, pregunté cuántos espíritus había en la sala; si era un espíritu bueno y cuál era su nombre. La moneda que establecía contacto de mi dedo me llevó a deletrear M-A-R-I-N-A.

 Carmen interrumpió “¿Marina? Pregúntale si es Marina Gómez, la que trabajó conmigo en los Telares de Palo Grande. A la respuesta afirmativa de la moneda, Carmen dijo “Dale, esa era panita mía”. Cuando me cansé siguió Víctor Peña, luego Virgilio y la terminó David. El asunto consistía en hacer que coincidiera nuestra farsa con la realidad que Carmen pretendía.

 Fácil, porque días antes ella nos contó por retazos sus sospechas sobre las andanzas del marido, de modo que la guía en el tablero se desplazaba y formaba las palabras “mujer”, “amante”, “engaño”, mientras una Carmen enfurecida asentía y nos obligaba a seguir. Hasta que el dedo de Virgilio sobre la moneda deletreó la palabra “rubia”, y Carmen explotó de ira: “yo sabía que era esa puta de la peluquería”.

 Como vacilón hasta entonces nos iba muy bien y en verdad lo disfrutábamos. De pronto, ajeno al guión establecido, algo chirrió, como un espasmo reprimido a punto de salir de la garganta. Nuestros ojos, entornados y sorprendidos por lo imprevisto, empezaron a mirar a todas partes. Creo que fue David quien, con su tono solemne porque cursaba medicina, dejó flotar el resto de la frase, pero nadie le prestó atención. 

Fue un grito desgarrador que se apropió de la sala. Del otro lado, la furia de Carmen se asomaba con sus ojos enrojecidos. Y con el grito un celaje fugaz desordenó el tablero y apagó la vela dejándonos a oscuras y desorientados, a merced del temor que nos infundió nuestro propio juego. 

Cuando encendimos la luz, el tablero estaba manchado con sangre y sin pensarlo salimos corriendo del apartamento. Era Lassie que había parido y salió de la habitación aullando del dolor, no sé, llegó hasta la sala y regresó a la habitación. 

Una vez aclarado el incidente, Carmen nos llamó para continuar, pero alegamos, quizás por asco o por miedo, que la sesión se había terminado y los espíritus se habían marchado. Semana y media después Pedro Pérez apareció muerto en una cuneta en el Atlántico. La Policía cerró el caso como apuñalamiento de alguien que lo estaba cazando cuando salía de casa de la rubia. Carmen lloró ríos de lágrimas sin que hubiese manera de consolarla, pero en medio de su infortunio se acercó al grupo y dijo “gracias, muchachos”.

 Una semana después de sepultado Pedro Pérez, Carmen nos alentó hacer otra sesión porque esta vez quería saber si la mujer de su hijo Efrén le estaba engañando.

Últimos pasos antes de entrar en la nada

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“Entonces usted debe conocer a mi papá”, me dijo Alex en ese vernissage de la exposición de Natalia, la joven farmaceuta que salió de Caracas en busca de “algo” y ahora es una exitosa artista plástico. "Claro que sí", y le estreché la mano pero con simulada reticencia porque aunque Sergio me mencionó con frecuencia que tenía un hijo en Cuba, me extraña que haya ignorado que ese hijo residiera en Barcelona desde hacía 17 años y que maneja una inmobiliaria que le da para vivir tranquilo. Cómo no voy a conocerlo si soy –eso creo– uno de sus mejores amigos desde que él ingresó a El Globo como columnista y terminó de coordinador de una sección. 
Bastó esa frase de reafirmación de mi amistad para que Alex me explicara sin dramatismo el mal que parecía aquejarle al padre, una razón por la cual se lo trajo a Barcelona y acordar esa misma noche un reencuentro. No es fácil reconstruir los hechos del pasado, cuando el presente se nos encarama y a veces se nos confunden nombres, ciudades y sucesos.
Lo vi llegar. Ceñido en chaqueta gris y bluyín recién comprado en alguna tienda de remates. Su rostro parecía suave, brillante, sereno. En la medida en que se aproximaba a la mesa, Alex se le acercó y le dijo algo al oído, entonces Sergio hizo como si me hubiera reconocido desde lejos. En su época fue una estrella, un personaje con algo de arrogancia, todo lo sabía y a quien no se le escapaban nombres ni fechas.

 Pasaba con prisa de un tema al otro con envidiable habilidad dialéctica, sin escuchar porque no le hacía falta mientras él pudiera balancearse en la fama con la cual alimentó su ego. Aún así yo fui para él un amigo especial, un compañero de redacción a quien confió sus argucias para obtener los tubazos o cómo acojonar con noticias falsas a los banqueros.

 Ahora miro la torpeza con la que acomoda su silla y me pregunta ¿cómo está la vaina, chico? como si nada hubiese pasado, y más que lástima siento un corrientazo, como de desasosiego, al constatar que nadie está exento de caer al abismo de la nada. Nadie está en capacidad de prever su destino. Para resumir, las horas que pasamos entre palabras y cervezas, recordando nombres y situaciones vividas constituyó para mí una apuesta a eso que se llama la amistad. 



Había en el aire que respirábamos un sentimiento parecido a la pérdida, cuando el encuentro era para alegrarnos el día. ¿Y qué pasó con Castro Pimentel? Lo miré no sin cierto aturdimiento. Todos estuvimos en el velorio de Heberto, le dije con ternura, como cuando se le habla a un niño que se ha equivocado. Sergio se fijó en mi rostro mirada obediente, y trató de cambiar de tema, como preguntándome qué hacía yo aquí y cómo me ganaba el pan.

 Alex pidió tres cervezas más y me relató que a su papá le gusta el ambiente de Barcelona, sus calles repletas de turistas que caminan sin parar y ese mar que se avecina con la ciudad, “como si vivieras en La Guaira”, remató Sergio. Volvemos a las cervezas, a mirar a los turistas que se pasean por la acera, al aire fresco que se escabulle desde el mar y llega hasta la terraza donde hemos vuelto para revivir los años que se fueron. Hasta que Sergio no es el mismo, su memoria le ha sido desleal, lo cual me infunde temor porque a mí tampoco me gustaría olvidar.