
“Entonces usted debe conocer a mi papá”, me dijo Alex en ese vernissage de la exposición de Natalia, la joven farmaceuta que salió de Caracas en busca de “algo” y ahora es una exitosa artista plástico. "Claro que sí", y le estreché la mano pero con simulada reticencia porque aunque Sergio me mencionó con frecuencia que tenía un hijo en Cuba, me extraña que haya ignorado que ese hijo residiera en Barcelona desde hacía 17 años y que maneja una inmobiliaria que le da para vivir tranquilo. Cómo no voy a conocerlo si soy –eso creo– uno de sus mejores amigos desde que él ingresó a El Globo como columnista y terminó de coordinador de una sección.
Bastó esa frase de reafirmación de mi amistad para que Alex me explicara sin dramatismo el mal que parecía aquejarle al padre, una razón por la cual se lo trajo a Barcelona y acordar esa misma noche un reencuentro. No es fácil reconstruir los hechos del pasado, cuando el presente se nos encarama y a veces se nos confunden nombres, ciudades y sucesos.
Lo vi llegar. Ceñido en chaqueta gris y bluyín recién comprado en alguna tienda de remates. Su rostro parecía suave, brillante, sereno. En la medida en que se aproximaba a la mesa, Alex se le acercó y le dijo algo al oído, entonces Sergio hizo como si me hubiera reconocido desde lejos. En su época fue una estrella, un personaje con algo de arrogancia, todo lo sabía y a quien no se le escapaban nombres ni fechas.
Pasaba con prisa de un tema al otro con envidiable habilidad dialéctica, sin escuchar porque no le hacía falta mientras él pudiera balancearse en la fama con la cual alimentó su ego. Aún así yo fui para él un amigo especial, un compañero de redacción a quien confió sus argucias para obtener los tubazos o cómo acojonar con noticias falsas a los banqueros.
Ahora miro la torpeza con la que acomoda su silla y me pregunta ¿cómo está la vaina, chico? como si nada hubiese pasado, y más que lástima siento un corrientazo, como de desasosiego, al constatar que nadie está exento de caer al abismo de la nada. Nadie está en capacidad de prever su destino. Para resumir, las horas que pasamos entre palabras y cervezas, recordando nombres y situaciones vividas constituyó para mí una apuesta a eso que se llama la amistad.
Había en el aire que respirábamos un sentimiento parecido a la pérdida, cuando el encuentro era para alegrarnos el día. ¿Y qué pasó con Castro Pimentel? Lo miré no sin cierto aturdimiento. Todos estuvimos en el velorio de Heberto, le dije con ternura, como cuando se le habla a un niño que se ha equivocado. Sergio se fijó en mi rostro mirada obediente, y trató de cambiar de tema, como preguntándome qué hacía yo aquí y cómo me ganaba el pan.
Alex pidió tres cervezas más y me relató que a su papá le gusta el ambiente de Barcelona, sus calles repletas de turistas que caminan sin parar y ese mar que se avecina con la ciudad, “como si vivieras en La Guaira”, remató Sergio. Volvemos a las cervezas, a mirar a los turistas que se pasean por la acera, al aire fresco que se escabulle desde el mar y llega hasta la terraza donde hemos vuelto para revivir los años que se fueron. Hasta que Sergio no es el mismo, su memoria le ha sido desleal, lo cual me infunde temor porque a mí tampoco me gustaría olvidar.
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