jueves, 8 de agosto de 2019

Mi amigo, Tiburón



Es cierto que conocí a Tiburón. Una amistad que nadaba en el ámbito de lo singular porque, pese a que caminábamos por aceras separadas, nunca perdimos la camaradería. Digámoslo así: mientras yo disfrutaba las noches leyendo, Orlando se asomaba al balcón de su apartamento, a la caza de los jóvenes de Vista Alegre y El Paraíso que pasaban en auto en busca de marihuana y perico.

En ese tiempo tales actos eran tenidos como delitos moralmente odiosos y la compra y consumo se ejecutaban de forma clandestina. En eso se le iban los años a Tiburón. Su otra ocupación era el hipismo. Aparte de jalarse uno o dos porros diarios nada le atraía tanto como apostar a las carreras de caballos. Cierro los ojos y lo veo bajando las escaleras con una Gaceta Hípica en la mano narrando la tercera válida imitando la voz de Aly Khan.

Su nombre completo era Orlando Camero y por ser el menor recibía lo peor de la cuota de calamidades que le correspondía a su familia, por culpa de Ciro, uno de los malotes del barrio a quien le atribuían dos o tres asesinatos. Pero también en ese pacto de amistad gravitaba mi arrobamiento por La Chata, su hermana jodedora que, cuando le buscaban la lengua vertía un vocabulario demoledor que incluía todas las palabrotas que pueden caber en un diccionario paralelo al de la DRAE.

 Pero ni La Chata ni Elsa, la mayor, la más seria y educada, tenían por qué fijarse en un adolescente tímido e invisible, incapaz de contestar al saludo, de modo que yo me conformé con asociarme a Tiburón. Y con Adolfo, el otro hermano, con quien tuve dos o tres pugilatos a mano limpia, de esos sabrosos que se dan en plena calle y en los que la gente desde los bloques gritaban emocionados, no para detener la pelea sino para alentarla, “¡Dale… dale coñazo!”

Ahora cuando lo pienso me resulta injustificable que lo haya dejado aparte en mis travesías por la memoria. Lo menciono porque la otra semana me topé con Chelí, recién llegado a Barcelona en la oleada de compatriotas que aterrizan en España en busca de mejor destino.

Gracias a él me entero que Orlando murió de enfermedad desconocida –Chelí es categórico: sucumbió por las tantas drogas que se metía–, y siento compasión por ese testigo de mi preadolescencia que una nochebuena alteró mis once años al liarse un tabaco de marihuana junto con Alfredito, e invitarme a darle un jalón o una patada, algo tan sorprendente para mí que me provocó la inesperada reacción, inclusive para mí, de bajar embalado por las escaleras.

No era miedo, sino que en mi familia nos habían educado para afrontar esas emboscadas que suelen sobrevenir en un barrio como el mío. Recuerdo que al día siguiente me reclamó “coño, nos asustaste porque creímos que habías visto a los pacos y corrimos también”. Tuve que inventarme rápido una excusa, para no quedar como el pajúo que huyó asustado, desesperado, ante un pito de marihuana. Llevaba el apodo justo.

 Le decían Tiburón porque exhibía al reirse una dentadura claramente insalvable. El mote se revalidó luego con la foto del escualo que aparecía en el afiche de promoción de la famosa película Jaws. Se lo puso Tálito, el más ocurrente de los Mora, fallecido de infarto hace dos años, y quien disponía de una habilidad para crear sobrenombres, con tal acierto que, al día siguiente, uno olvidaba el nombre de pila de la persona y lo llamaba tal y como Tálito lo había bautizado.

 Por ejemplo, tuve un primo zuliano que pasó dos meses en casa, y Tálito nada más al verlo le llamó “carne mechada” debido a la forma sinuosa del cabello. Si me preguntas por el nombre de ese familiar no sabría responder porque él mismo "carne mechada" asumió esa identificación para relacionarse en el barrio. Tiburón no formaba parte del grupo de mis amigos, pero como teníamos una conexión desde niño nuestro trato se expresaba bajo una cláusula tácita: tú a lo tuyo y yo a lo mío. Sin embargo, una noche desde la platabanda de casa observé que venía un coche policial justo cuando Tiburón había bajado y le vendía drogas a unos chamos en un carro.

Yo le advertí a tiempo, impidiendo que les dieran caza a vendedor y compradores. Meses más tarde, una madrugada estaba con Virgilio y uno de los Gamboa pintando consignas en los bloques en favor de la Juventud Comunista y el Tiburón bajó a toda prisa desde su apartamento para darnos el pitazo de que una patrulla de la Disip se acercaba por el bloque nueve.

Pese a que el barrio nos ofrecía cada día experiencias nuevas, la mayoría de ellas agradables, había también zonas empañadas por la violencia, y el malandraje se ocupaba no pocas veces de boicotear cualquier acción vecinal positiva. Fue lo que pasó con Ciro, el hermano delincuente de Tiburón quien, drogado “hasta las medias”, como se decía entonces, irrumpió violentamente con una moto de alta cilindrada en la cancha deportiva que mucho nos costó construir, y que se había convertido en zona liberada para los niños que bajaban de los bloques a jugar y divertirse. Un sábado en la tarde practicaban las chicas del equipo de voleibol cuando Ciro irrumpió con la moto haciendo caballitos, piruetas y derrapes.

Las niñas se espantaron y una de ellas llegó a mi casa para que yo interviniera y pusiera orden. Como los Peña y yo hacíamos de animadores de las actividades recreativas no tuve más opción que acompañarlas para expulsar a Ciro de la cancha, algo que desde que salí de casa supe que sería una misión imposible.

Tan nervioso estaba que no se por qué me llevé el guante y una pelota de beisbol. Esa iba a ser la más recordada de mis labores como dirigente vecinal. Llego a la cancha y observo a Ciro molestando, de modo que le ordené salir. El sujeto me miró con cierto asombro, un aire estático, meditabundo casi, como si acabara de ver a su próxima víctima. Sin mostrar el menor rasgo de temor o alarma, me dijo “Ven y sácame tú”.

 Hubo un instante de tensión que se alargó tanto que yo imaginé que no era real, que lo estaba soñando, o que pertenecía al guión de un western. Paralizado literalmente por el sobresalto, mientras Ciro reía envalentonado sobre la moto, con una mirada retadora, que si se empeñaba en su indignación podía fulminarme, a mí no me quedó más opciones que repetirle la orden.

 Sentí a mi alrededor que la gente empezaba a buscar los mejores asientos para lo que prometía ser el combate del año. Recuerdo que tomé aire y no sé de dónde saqué la última carta: le advertí que iba en camino a la panadería… y que cuando regresara con el pan quería verle fuera de la cancha. Ciro me respondió: aquí te voy a esperar, guevón. Ya esto era el lejano oeste puro.

Mientras me dirigía a la panadería miré la vana luz del mediodía y comprendí que no estaba soñando. Y mi angustia era peor porque no estaban los Peña ni otros de mis amigos para recibir apoyo. Me concentré en la única salida: jugarme mi honor y enfrentarlo.

 No recuerdo si compré pan para dar credibilidad a la coartada, pero cuando llegué a la cancha Ciro me esperaba, sentado en la moto, como un forajido del Oeste preparado para un duelo a pistolas al atardecer. Sentí que se apoderaba de mí la triste convicción de que en algún momento dispararía, pero no lo hizo. Entonces yo, de un modo mecánico (al menos no recuerdo haberlo hecho), metí la pelota en el guante y como si fuera a lanzar el último juego de mi vida levanté la pierna izquierda a lo Luis Tiant y le arrojé con toda fuerza pero también con tan mala puntería que la pelota no acertó con el cuerpo de Ciro, sino con en el volante de la moto, pero el impacto de su fuerza hizo que rebotara y yo lo atrapara con el guante.

 Era como si el destino me hubiera reservado la última oportunidad. Sin perder tiempo volví a lanzarle la bola y esta vez la pelota impactó en la frente de Ciro que cayó casi fulminado y dijo algo así como “estás muerto, marico”. No hubo aplausos ni aclamaciones, a pesar de que yo había ganado el desafío contra Ciro y contra mis propios temores. 

El hombre salió ranqueando de la cancha, adolorido, arrastrando la moto. Nadie se me acercó para felicitarme. Solo Tiburón, cuando iba rumbo a casa, me advirtió: “Chamo, piérdete… yo sé por qué te lo digo”. Como mi hermano recién casado se había mudado para uno de los edificios de San Martín opté por pedirle asilo, y fue allí en casa de Chucho y Aída donde pasé dos días hasta que me enteré que unos tipos de la PTJ allanaron una casa en La Vega donde se refugiaba Ciro y al notar que estaba oculto debajo del mueble del fregadero uno de ellos sacó la pistola y ¡pum! Ciro recibió un tiro en la cabeza, según la prensa “en un enfrentamiento con la policía”. Al siguiente día me fui a casa, y en el camino alguien me dijo “coño ¿viste como mataron a Ciro?”. Yo asentí con falsa muestra de desaprobación cuando en realidad lo que quería era gritar mi satisfacción, porque era evidente que algo así era lo que ese carajo iba a hacer conmigo.

Con todo, Tiburón no dejó de ser mi amigo. Incluso, años más tarde, cuando Teo falleció de un ACV y tuve que regresar apesadumbrado desde París el primero en recibirme fue Orlando. Llegué cuando a mi hermano lo habían velado y no logré despedirle.

 El taxi que me trajo desde el aeropuerto no logró llegar hasta mi casa porque ya el féretro había salido de la funeraria y la gente del barrio lo paseó como último homenaje por la calle donde vivió, creció y firmó su final. Los vecinos trataron a Teo con una deferencia y solidaridad que nos conmovieron, porque agradecían con ese gesto el altruismo y la calidad humana de quien supo comportarse como un buen dirigente vecinal.

De hecho la cancha deportiva entre los bloques lleva su nombre. Pasó después que tras varios días y cuando me preparaba para volver a Francia donde estudiaba, Tiburón se acercó tambaleante a darme el pésame. Me abrazó con genuino sentimiento de pesar y me dijo que no pudo asistir al entierro. Luego, en una pausa silenciosa que acordamos, confesó: “chamo, la muerte de Teo no se me va a olvidar nunca”.

 Cuando estaba a punto de decirle que coincidía con él, Tiburón completó la frase, como si me confiara un secreto: no se me va a olvidar, porque después del entierro los hijos de puta de la petejota me agarraron y me dieron soberana paliza que, mira cómo me dejó. Alzó la camisa y mostró un mapa de golpes y moretones. Entonces confirmé que el tiempo, que cambia a las personas, no altera la imagen que seguimos conservando de ellas.




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