sábado, 24 de noviembre de 2018

Anna es un caracol





ANNA ES UN CARACOL
En busca del tiempo perdido

 Hemos esperado 867 días para sentir el crujir de su ausencia.
Demasiado tarde, me dirá. Y oiga qué razón no le falta.
Pero es que esta chica ocupaba, pese a los episodios extraños de su vida
y su exagerada timidez, un espacio significativo en este apartamento
que ahora, tres horas después de haberla abrazado y desearle lo mejor
del mundo sentimos que de algún modo hace falta.

Mejor dicho el misterio en el que Anna parecía sentirse envuelta
es ya una razón para echarle de menos. 

Hace tres años tocó a la puerta, guiada por el aviso de la habitación
que habíamos colgado en las redes. Esa semana cumplía 18 años.
Nunca lo supimos.
Ha sido tal el secreto de su misión, si alguna vez la hubo, que nos
lo acaba de revelar esta mañana cuando la invitamos a desayunar,
y ella arrastrando su sonrojo al fin aceptó, seguramente porque minutos
más tarde pasaría alguien que la llevaría al aeropuerto. 

Entonces nos confesó “claro que me acuerdo cuando llegué aquí
porque unos días después cumplí los 18”. Más que inquilina, Anna fue
para nosotros un baúl hermético y sin cerradura dejado en una estación
de tren, alrededor del cual luego de cenar, mi esposa y yo especulamos
acerca del contenido, un juego del que no pocas veces salíamos espantados
sin saber qué ser extraño convivía con nosotros. 

En este caso dentro de su cabeza, arbolada de cabellos sin peinar,
algunas veces rojos, otras, de verde o azul, sobre un cuerpo menudo,
que se desplazaba sigiloso en las madrugadas, lo que ahondaba
en el enigma de la personalidad de alguien cuya única frase en tres años
no pasó de “sí, señora” o “no, señora”, según la pregunta que se le formulara.

Solo supimos que vino a Barcelona para cursar artes escénicas, algo
que nos hacía gracia por el solo hecho de imaginar a una alumna de teatro
que salía cada mañana con dos o tres frases en su mochila para afrontar
la jornada del día. A menos que, alejada del área de nuestra curiosidad,
encarnaba a otra, a la manera del Dr. Jekyll y Mr. Hyde, y fuese por ejemplo
una chica extrovertida y rodeada de amigos que celebraban sus ocurrencias. 

Aunque debo advertir que tampoco hicimos de ella nuestra obsesión,
asumimos a Anna como un caracol, el enigma sin resolver
y como tal la tratamos, sin preguntas sobre su pasado, familia o su país.


Pero admito que nos entretenía conjeturar, por ejemplo, según su ropa
que teníamos en casa a una gótica, o una punk, aunque al siguiente día
nos sorprendiera con vestidos de colores en invierno, como si la primavera
se hubiera colado por su ventana. Una tarde de invierno nuestra hija
la encontró sentada en el banco de una plaza disfrutando de un helado.

Esa personalidad inasible, ese silencio pétreo que le protegía y la timidez
que desesperaba aún en días cuando le entregábamos su correo y ella se
limitaba a dar las gracias sin mostrar sorpresa o asombro, la convertía
en un acertijo, lo que nos motivó en más de una ocasión a apostar si teníamos
en casa un lobo solitario del yijadismo o una niña con serios problemas,
un trauma o alguien a quien sus padres no debieron dejar que viajara
tan lejos sin cumplir aún los 18 años. 

La tarde del atentado en Las Ramblas, por ejemplo, llegamos a casa
y tras encender la tele nos enteramos que el sitio que caminamos
en la mañana era en la tarde un escenario de terror. De forma automática,
uno de los dos pensó en Anna y, aunque sabíamos que sería inútil contactarle
porque nunca respondía a los mensajes de whatsaap ni a las llamadas
del teléfono intentamos localizarla pero sin éxito.

Al no obtener respuesta seguimos con nuestra rutina sin dejar de asomarnos
a los noticiarios para tener la certeza de que su nombre no figuraba en la lista de víctimas. 

Esa noche, a 11:30, mi esposa arreglaba la cocina cuando Anna apareció.
Como siempre, abrió y cerró la puerta sin hacer ruido. Era obvio de suponer
de alguien que es madre le preguntara si se enteró del atentado. “Si, señora,
yo estaba allí cuando el camión pasó”. La respuesta nos dejó un sobresalto.
Yo, al menos, me acomodé en el sofá de la sala a la espera de un relato
en primera persona pero Anna entró a su cuarto, cerró la puerta
y se echó a dormir.

Ahora, después de tres años de sentirla sobrevolar de madrugada por la sala
como fantasma y acostumbrarnos a sus encierros de varios días en su
habitación y al silencio que abrumaba, abrimos la puerta de lo que fue su
cuarto y sentimos el gotear silencioso de su misteriosa existencia.

Como dice una canción de Alicia Keys “algunas personas piensan que las cosas
físicas definen lo que hay dentro y han estado allí antes, y esa vida es más
que un aburrimiento”.



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