jueves, 8 de agosto de 2019

La Ouija




“¿Sabes o no sabes leer esa vaina?”. Lo preguntó con su voz gruesa, altanera, el tono desafiante y artillada de las groserías con la que se expresaba, porque esa era su trinchera de defensa frente a las penurias de la vida que le había tocado. Sí, hablo de Carmen Molotov, y no creo que se me vaya amotinar ahora porque le llame así.

 Primero, hace tres o cuatro años que falleció sin que nadie, o casi nadie, se apiadara de su alma; luego, ella mostró siempre hacia mí gran cariño, un trato particular, que yo se lo retribuía con igual afecto oyéndole con paciencia de monje tibetano el inventario de sus calamidades, y ayudándole en la medida en que podía en aconsejar a sus dos nietos, de cuyas acciones delictivas me he ocupado en otros relatos aquí. 

Pero Carmen era especial. ¡Claro que Carmen Hernández era un ser especial! Comadre mía por todos los costados ya que tuve el designio de ser padrino de Fred, el hijo gemelo y hermano de Efrén, que a la postre terminó siendo mi compadre. Fred, mi ahijado, lastimosamente desvalido, y a quien le decíamos Tito, estuvo marcado por limitaciones físicas y mentales que muchos aprovechaban para enseñarle obscenidades o inducirle a decir cuando le preguntasen por el nombre de la madre –apelando a la dificultad con la que se expresaba– ¿cómo se llama tu mamá, Tito? y él balbuceaba “car… men … ololotoó”, justo el apodo que encolerizaba a Carmen si se lo gritaban desde un pasillo del bloque tres. 

Pero es que fui también padrino de Yohan, quien debió enconcharse de urgencia en Vietnam, el barrio contiguo al 23 de Enero, la misma tarde en que la banda de los Mandriles de Barrio Unión le advirtió que para mañana sería hombre muerto. Por extensión me hice también padrino de su hermano Yorvis o “Bombillo”, con una trayectoria de malas juntas que le llevaron a la muerte. No logré ser padrino de Endrina, la niña que Carmen tuvo con Pedro Pérez porque semanas antes mataron al negrito en la segunda curva del Atlántico, donde el taxista se veía a escondidas con otra mujer. Precisamente por ese hecho desafortunado –el de la infidelidad de Pedro Pérez, no el de su muerte– fue que Carmen me preguntó si yo sabía leer la Ouija, ya que quería develar el misterio de las escapadas del marido. 

“¿Sabes jugar esa vaina o no?”, volvió a preguntar con el ímpetu retador y yo hice esfuerzos para no reír y de informarle que eso era un juego de chamos que no servía para adivinar el futuro de nadie, y que la noche que ella nos vio jugándolo fue que estábamos tan aburridos que cuando Javier se apareció y dijo “mira lo que traigo” y mostró el cartón de la Ouija no dudamos en trasladarnos a la escalera oscura, detrás del bloque y embarcarnos en esa joda. 

Allí fue donde nos pilló, ya que las risas y los gritos llegaron a su ventana y protestó “vayan a meterse monte a otra parte”, a lo que David, todo un caballero le aclaró “somos nosotros, Carmen” y le explicó que estábamos invocando espíritus de muertos con la Ouija. De manera que cuando le respondí de manera afirmativa sentí como si la hubiera salvado milagrosamente de la desesperación. A partir de allí no hubo vuelta atrás.

Para quien ha sufrido o disfrutado -según se vea- parte de su existencia en un barrio sabe de qué le hablo cuando afirmo que Carmen Molotov debió ser declarada el personaje más popular del barrio, tanto en los bloques como las casitas. Porque, a contravía de una decena de nombres cuyos méritos consistían en hacer daño y afear la imagen de tu territorio sentimental, surgía de ese mismo entorno de pobreza el esfuerzo de superación de gente que se imponía, de manera que el lugar donde creciste y te fuiste pero que cada diciembre volvía para saludar a los amigos, tenía gente como Carmen Hernández.


 Fue la vecina más popular, tanto por lo que ella misma significaba y por el hecho de cargar la cruz de una descendencia que solo le trajo tristeza. Pasada de los 50 años, morena, baja estatura, obesa (de ahí el ingenio del que inventó el apodo asociando su contextura con el de una bomba) y muy humilde que se ganaba el pan trabajando en su apartamento, noche y día, detrás de una máquina de coser para confeccionarle ropa a tiendas famosas.

 Pero, antes que nada, de una condición humana cuya solidaridad nos conmovía. Nada más por joder, cuando ella venía hacia nosotros, alguien improvisaba un diálogo y decía por ejemplo “qué desgracia como lo mataron”, de inmediato Carmen preguntaba a quién habían matado, nosotros hacíamos como si no la habíamos oído y seguíamos hablando del supuesto muerto, hasta que ella, con autoridad y molestia protestaba ¡Coño! ¿qué a quién carajo mataron? Entonces nos veíamos obligados a inventar un nombre e informarle que nos preparábamos para ir a la funeraria de El Paraíso.

 A los cinco minutos salía Carmen de su apartamento limpiándose las burusas del vestido negro y preguntando quién la iba a llevar. Por esa manera suya de dar por cierto todo rumor fue que montamos el show de la Ouija en su apartamento, con Endrina de año y medio en la cuna y Tito dormido tras una dosis alta de tranquilizante para la epilepsia. Para completar, esa noche su perra Lassie se quejaba porque estaba a punto de parir. 

Pero era la noche ideal, según Virgilio porque, advirtió “estamos en luna llena” y eso le añadiría más misterio a la puesta en escena. Porque en el fondo jugamos a la Ouija no para burlarnos de Carmen sino para calmar sus celos. De hecho poco le interesaba saber la suerte de Tito sino descifrar las desapariciones repentinas de Pedro Pérez.

Entonces, sentados en el suelo, en torno a una mesita, apagamos las luces y con una vela encendida en el centro del tablero empezó la sesión. Ya lo dije, jugábamos para canalizar la furia de Carmen, pero hubo momentos en que sentimos escalofrío, dada la naturaleza de algo en lo que incursionábamos, rodeados de una solemnidad que aún cuando nos la habíamos inventado metía miedo.


 Yo inicié la sesión y según las instrucciones, pregunté cuántos espíritus había en la sala; si era un espíritu bueno y cuál era su nombre. La moneda que establecía contacto de mi dedo me llevó a deletrear M-A-R-I-N-A.

 Carmen interrumpió “¿Marina? Pregúntale si es Marina Gómez, la que trabajó conmigo en los Telares de Palo Grande. A la respuesta afirmativa de la moneda, Carmen dijo “Dale, esa era panita mía”. Cuando me cansé siguió Víctor Peña, luego Virgilio y la terminó David. El asunto consistía en hacer que coincidiera nuestra farsa con la realidad que Carmen pretendía.

 Fácil, porque días antes ella nos contó por retazos sus sospechas sobre las andanzas del marido, de modo que la guía en el tablero se desplazaba y formaba las palabras “mujer”, “amante”, “engaño”, mientras una Carmen enfurecida asentía y nos obligaba a seguir. Hasta que el dedo de Virgilio sobre la moneda deletreó la palabra “rubia”, y Carmen explotó de ira: “yo sabía que era esa puta de la peluquería”.

 Como vacilón hasta entonces nos iba muy bien y en verdad lo disfrutábamos. De pronto, ajeno al guión establecido, algo chirrió, como un espasmo reprimido a punto de salir de la garganta. Nuestros ojos, entornados y sorprendidos por lo imprevisto, empezaron a mirar a todas partes. Creo que fue David quien, con su tono solemne porque cursaba medicina, dejó flotar el resto de la frase, pero nadie le prestó atención. 

Fue un grito desgarrador que se apropió de la sala. Del otro lado, la furia de Carmen se asomaba con sus ojos enrojecidos. Y con el grito un celaje fugaz desordenó el tablero y apagó la vela dejándonos a oscuras y desorientados, a merced del temor que nos infundió nuestro propio juego. 

Cuando encendimos la luz, el tablero estaba manchado con sangre y sin pensarlo salimos corriendo del apartamento. Era Lassie que había parido y salió de la habitación aullando del dolor, no sé, llegó hasta la sala y regresó a la habitación. 

Una vez aclarado el incidente, Carmen nos llamó para continuar, pero alegamos, quizás por asco o por miedo, que la sesión se había terminado y los espíritus se habían marchado. Semana y media después Pedro Pérez apareció muerto en una cuneta en el Atlántico. La Policía cerró el caso como apuñalamiento de alguien que lo estaba cazando cuando salía de casa de la rubia. Carmen lloró ríos de lágrimas sin que hubiese manera de consolarla, pero en medio de su infortunio se acercó al grupo y dijo “gracias, muchachos”.

 Una semana después de sepultado Pedro Pérez, Carmen nos alentó hacer otra sesión porque esta vez quería saber si la mujer de su hijo Efrén le estaba engañando.

Últimos pasos antes de entrar en la nada

La imagen puede contener: cielo, pájaro, naturaleza y exterior
“Entonces usted debe conocer a mi papá”, me dijo Alex en ese vernissage de la exposición de Natalia, la joven farmaceuta que salió de Caracas en busca de “algo” y ahora es una exitosa artista plástico. "Claro que sí", y le estreché la mano pero con simulada reticencia porque aunque Sergio me mencionó con frecuencia que tenía un hijo en Cuba, me extraña que haya ignorado que ese hijo residiera en Barcelona desde hacía 17 años y que maneja una inmobiliaria que le da para vivir tranquilo. Cómo no voy a conocerlo si soy –eso creo– uno de sus mejores amigos desde que él ingresó a El Globo como columnista y terminó de coordinador de una sección. 
Bastó esa frase de reafirmación de mi amistad para que Alex me explicara sin dramatismo el mal que parecía aquejarle al padre, una razón por la cual se lo trajo a Barcelona y acordar esa misma noche un reencuentro. No es fácil reconstruir los hechos del pasado, cuando el presente se nos encarama y a veces se nos confunden nombres, ciudades y sucesos.
Lo vi llegar. Ceñido en chaqueta gris y bluyín recién comprado en alguna tienda de remates. Su rostro parecía suave, brillante, sereno. En la medida en que se aproximaba a la mesa, Alex se le acercó y le dijo algo al oído, entonces Sergio hizo como si me hubiera reconocido desde lejos. En su época fue una estrella, un personaje con algo de arrogancia, todo lo sabía y a quien no se le escapaban nombres ni fechas.

 Pasaba con prisa de un tema al otro con envidiable habilidad dialéctica, sin escuchar porque no le hacía falta mientras él pudiera balancearse en la fama con la cual alimentó su ego. Aún así yo fui para él un amigo especial, un compañero de redacción a quien confió sus argucias para obtener los tubazos o cómo acojonar con noticias falsas a los banqueros.

 Ahora miro la torpeza con la que acomoda su silla y me pregunta ¿cómo está la vaina, chico? como si nada hubiese pasado, y más que lástima siento un corrientazo, como de desasosiego, al constatar que nadie está exento de caer al abismo de la nada. Nadie está en capacidad de prever su destino. Para resumir, las horas que pasamos entre palabras y cervezas, recordando nombres y situaciones vividas constituyó para mí una apuesta a eso que se llama la amistad. 



Había en el aire que respirábamos un sentimiento parecido a la pérdida, cuando el encuentro era para alegrarnos el día. ¿Y qué pasó con Castro Pimentel? Lo miré no sin cierto aturdimiento. Todos estuvimos en el velorio de Heberto, le dije con ternura, como cuando se le habla a un niño que se ha equivocado. Sergio se fijó en mi rostro mirada obediente, y trató de cambiar de tema, como preguntándome qué hacía yo aquí y cómo me ganaba el pan.

 Alex pidió tres cervezas más y me relató que a su papá le gusta el ambiente de Barcelona, sus calles repletas de turistas que caminan sin parar y ese mar que se avecina con la ciudad, “como si vivieras en La Guaira”, remató Sergio. Volvemos a las cervezas, a mirar a los turistas que se pasean por la acera, al aire fresco que se escabulle desde el mar y llega hasta la terraza donde hemos vuelto para revivir los años que se fueron. Hasta que Sergio no es el mismo, su memoria le ha sido desleal, lo cual me infunde temor porque a mí tampoco me gustaría olvidar.


Mi amigo, Tiburón