domingo, 27 de septiembre de 2020

Ciudad Clandestina

Ciudad Clandestina Omar Pineda, periodista, escritor  En busca del tiempo perdido


Sueño de ida y vuelta
No sé qué carajo hacía yo en ese trullo de La Candelaria ni tampoco supe cómo llegué ahí, pero no estaba para filosofar a esa hora de la tarde, cuando está a punto de convertirse en noche, y porque además Wisin repetía sin parar “escápate conmigo esta noche, bebé… te quiero comer, te va a encantar… Tú sabes que conmigo siempre la pasas bien”.
Fue entonces cuando el tipo desde un extremo de la barra, con manos resbaladizas para la tercera cerveza, calculo yo, voltea hacia mí para soltar en un tono de quien busca la fácil conversación “¿tú crees que esa vaina es música?”, y como no obtiene respuesta prosigue citando a Oscar de León quien, según este vecino de copas, un día le aseguró que no le daba más de diez años para que el reguetón se fuera por donde vino. En los bares suelen aparecer personajes que te cuentan historias tristes para que llores con él sus pequeñas tragedias o desamores. Yo le sonreí en neutro, de modo que él debió descifrarlo como que estaba de acuerdo con su perorata, pero también de que me hallaba encarrilado en otra jugada.
Así que aparcó el tema y le dijo a Luis que le sirviera otra pero más fría. Con cierto sarcasmo, el hombre detrás de la barra contestó que eso no sería posible, dado que el apagón de ayer tarde le dañó la nevera más grande donde guardan el licor. Estaba a punto de decirlo pero decidí pensarlo: Caracas se ha convertido en un sitio ilusorio, un lugar para no llegar nunca a ninguna parte.
En eso estaba cuando sale del baño Aldemaro Vélez, el mismo que estudió conmigo en el Luis Razetti y volvimos a encontrarnos, años más tarde y cada quien con sus respectivas canas, en el mismo edificio de Juan Pablo II, donde yo residía, porque se había comprado un apartamento en el piso dos. Vélez terminaba de subirse el cierre del pantalón y me dice “vámonos”. Me pregunta “¿pagaste esas birras?”, y cuando saca la cartera para cancelar, yo me le adelanto y le pago a Luis. ¿Para dónde vamos, mi pana?, lo interrogo, algo inquieto, y Vélez se ríe y con esa voz atiplada, débil y acompasada que le hacía objeto de burlas en el liceo, me dice no sin asombro “¿no te acuerdas? vamos pa que las jevas de anoche, las de Las Minas de Baruta”. Puedo dar fe de que no sabía de que me hablaba. No sé qué me pasaba, pero sentí vivir tantas vidas en una vida, y me dejé llevar; pero mientras pienso y me pregunto ¿qués es todo esto?, Vélez sigue hablando y me siento sumergido en una ondulación de cosas, extrañas, como si me faltara algo. Pero mi amigo le pone pilas a mi memoria y mientras abrimos las puertas del carro para subirnos, me dice “Wendy, Wendy... la flaca que te dijo que no te fueras sin despedirte de ella... ¿ahora sí te acuerdas?”. Entonces caigo en cuenta que estoy en la Caracas de esas incursiones seriales a lo Jack Ryan en las que entro y salgo.
Me esfuerzo por obsequiarle a Aldemaro una gran sonrisa llena de afecto y conformidad. Hasta que en mitad del camino, le doy unas palmaditas en la pierna y le digo, sumido en el monótono curso de mis reflexiones, “mi panita ... usted me perdona pero yo me bajo aquí”, y lo dejo perplejo, volviéndose hacia mí con una mirada intensa, oscura, vaga, asumiendo desde ya que este acontecimiento irá directo a su colección de asombros. Me esfumo como si hubiera atravesado un espejo, y no me hallaba perdido cuando Elizabeth me zarandea para que deje de hablar dormido.
Abro los ojos y observo cómo la lluvia golpetea con brisa fuerte el cristal y forma gotitas que se agolpan como para una concentración de gente que se reúne para manifestar. Me levanto de la cama, me dispongo a mirar a través de la ventana, y descubro de pronto que yo también he perdido mis tratos con la ciudad en la que nací y que todo ese torbellino de locuras no ha dejado de inquietarme. Vuelvo a la cama, enciendo la radio del móvil y escucho con los ojos cerrados que el locutor de Radio Barcelona informa acerca del número de contagios en Catalunya y nos da la noticia de que ha llegado el otoño. Elizabeth se remueve entre las sábanas y pregunta a cuál de los dos les toca hoy montar el café.
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